Ciudad de la estafa
Todo el mundo está hablando mucho del 2016, recopilando fotografías y recordando las cosas que habían hecho en ese año. Recordando las cosas buenas y las cosas malas. Algunas influencers también suben fotos sobre la ropa que llevaban y sobre todo lo que habían conseguido en ese año: número de seguidores, campañas publicitarias y un largo etcétera. Otras también incluso escriben reflexiones que en sus cabezas suenan profundísimas, como la que publicó una influencer que no voy a mencionar, a la cual pude leer gracias a una sugerencia de Instagram en la que escribía los siguientes versos:
”Bachillerato.
Cumpliendo 17 pero entrando a todas las discotecas.
El perrito de Snapchat.
Jacob pequeñito, Tayson súper mayor.
Viviendo con mi abuela.
El atentado de Berlín.
Un iPhone 5c rosa.
Y una única obligación: estudiar"
Tampoco estábamos tan mal, ¿no?”
Ese “tampoco estábamos tan mal” que le sigue a ese resumen de su 2016 en el que incluye el atentado de Berlín y el hecho de que estuviera entrando en discotecas cuando aún no tenía los 17 años (y según una de las fotos también bebiendo) parece usado de manera irónica pero lo está diciendo en serio.
A nivel personal, el 2016 fue un año muy bonito. Gira en Japón, conciertos en Nueva York y fue el año en el que empecé el doctorado mientras vivía en París y me preparaba también al mismo tiempo con clases de chino, sueco y francés.
Estuve buscando apartamento en París de manera desesperada, una misión que era prácticamente imposible porque todo era carísimo, pequeñísimo, cutrísimo y sobre todo porque por cada apartamento había 50 personas que se presentaban como posibles candidatos, aportando sus documentos de identidad, sus contratos de trabajo, sus tres últimas nóminas, sus certificados de impuestos, su justificante de domicilio actual y los datos de su garante. En aquel momento yo seguía siendo estudiante, así que tuve que añadir además mi matricula universitaria de estudios tanto en España como en el Instituto Confucio y en el Instituto Sueco de París, como mi justificante de recursos. Fui a ver alrededor de 6 o 7 apartamentos, a cada cual más terrible y nunca resultaba seleccionada por los propietarios para alquilar sus preciosas viviendas de, como máximo, 10 metros cuadrados con el inodoro al lado de la cama.

Entonces unos amigos me recomendaron una agencia que conseguía apartamentos a gente de otros países y a estudiantes, y conseguí cita para ver un apartamento en la Rue de Grenelle, en el 7 arrondissement. La zona era preciosa, en la misma calle tenía Inès de la Fressagne su taller y me la solía encontrar bastantes veces y estaba al lado de Le Bon Marché, mis almacenes favoritos, así que cuando vi ese apartamento que, viendo los precios de París, parecía más o menos decente, no dudé en cogerlo cuando el dueño me lo ofreció.
El apartamento estaba en un cuarto piso sin ascensor, en una entreplanta, y su dueño tenía su piso unas escaleras más arriba. No fue difícil darse cuenta de que había sido un trastero y que su dueño lo había convertido en un apartamento para aprovecharlo. El resultado era un apartamento de 9 metros cuadrados con piso frío de patio, una cocina pequeña y un microondas que podía abrir desde la cama, que estaba en alto y a la que me subía con una escalera como la de los bomberos que tenía que apoyar sobre la cama para subirme. Dentro de su pequeñez, era un apartamento de lujo porque, aunque separado del resto de la estancia por únicamente una puerta de madera estilo vestuario, tenía su baño dentro del apartamento.

El dueño del apartamento, Benoît era un encantador de serpientes francés que hizo que todo el proceso inicial fuese bastante fácil, especialmente en comparación con el martirio que supusieron las demás visitas que había hecho anteriormente. Todo parecía marchar fenomenal hasta que ya había firmado el contrato y llegaron algunas normas, como que no podía llevar a nadie a casa, algo que ya me pareció un poco raro. También se torció todo un poco cuando le pedí algunos datos para pedir una beca de estudiantes que había en París en aquel momento. Me dijo que no iba a poder solicitar esa beca porque el apartamento era demasiado pequeño. Yo le contesté entonces que en las bases de la beca el mínimo eran 9 metros cuadrados y que en el contrato ponía que el apartamento medía eso exacto (de hecho, había leído en algún sitio que legalmente un apartamento para poder ser alquilado tenía que medir al menos 9 metros cuadrados, así que no contemplé la posibilidad de que midiese menos). Pero entonces Benoît me dijo que el apartamento en realidad medía menos. Había mentido en el contrato para que pudiese alquilarlo legalmente, así que si pedía la beca iban a indagar para verificar que el apartamento cumpliese con las condiciones necesarias y en ese caso no solo no me darían la beca sino que seguramente se produciría algún que otro problema legal. Así que al final, me quedé sin beca, pero al menos tenía casa.

Como decía en mi contrato, estuve viviendo en él 6 meses. Dejando a un lado que perdiese la beca de estudiantes, que el apartamento fuese incomodísimo, la presión de tener al casero en frente y que encima al tío no le hiciera gracia que pusiera música o hiciera ruido en cualquier momento, esos meses tampoco transcurrieron tan mal, teniendo en cuenta que me pasaba prácticamente todos los días fuera.
Un día, más o menos al mes de mudarme, Benoît me informa de que van a cambiar la ventana del apartamento (la única que había, claro). Y que esa reforma iba a durar varios días. Yo no podía estar todos los días en el apartamento porque tenía clases, y, es más, si hubiera estado dentro del apartamento, los trabajadores no podrían hacer su trabajo, porque no cabíamos más de dos personas al mismo tiempo, y a menos que me metiese en el baño o me pasara la mañana subida a la cama en alto, no habría manera de quedarme. Así que Benoît, que tenía llave del apartamento, se ofreció a quedarse cuidando de la casa mientras yo estaba fuera y los trabajadores cambiaban la ventana.
Como ya había tenido anteriormente algunas experiencias desagradables en París, decidí dejar las cosas de mayor valor en la casa en la que vivía Andreas, por lo que pudiera pasar.
Cada uno de esos días que volvía no encontraba demasiados cambios en la casa, aparte del trabajo que estaban haciendo en la ventana (que sigo sin entender cómo tardaron una semana, mi ego me dice que yo misma podría haberla cambiado en un día) y un poco de polvo. Pero cuando ya terminaron de hacer las obras, días después noté algo.
Cuando llegaba a casa, la puerta de madera del baño estaba cerrada, cuando yo siempre la dejaba abierta; un neceser que habría jurado que estaba en una esquina de la encimera del baño aparecía en la otra esquina; había cosas que me parecían que estaban diferentes, pero me convencí de que estaba exagerando y que probablemente el problema era que yo estaba recordando mal cómo había dejado cada cosa. Al final cada día terminó siendo como el día de la marmota y mis rutinas se repetían, así que era normal que estuviera confundida.
Pasaron los meses, y un mes antes de la fecha en la que terminaba el contrato, le pregunté a Benoît qué día le venía bien para que le dejase las llaves de la casa al mes siguiente, y para preguntarle qué gestión tendría que hacer para cancelar mi contrato de la luz y el agua, que tenía a mi nombre. La respuesta de él fue que no entendía lo que le estaba diciendo, y que no me podía ir al mes siguiente porque le tenía que haber avisado con tres meses de antelación de que me iba a marchar. No entendía bien, porque después de revisar el contrato una y otra vez, volvía a leer y releer que el contrato era válido durante seis meses, desde una fecha en concreto hasta otra. Pero él me dijo que según la ley francesa, aunque el contrato decía eso, yo tenía que haberle mandado por escrito tres meses antes que me iba a ir en la fecha de finalización del contrato para que le diera tiempo de buscar a alguien para relevarme a mi salida. No entendía nada, y sinceramente, sigo sin entenderlo.
No sé si verdaderamente eso que me estaba diciendo fue verdad o si intentaba engañarme. El caso es que si su intención fue engañarme, lo consiguió, diciéndome además que si no conseguía en ese mes a alguien para relevarme, tendría que seguir pagando el apartamento hasta que él encontrase a alguien que quisiera vivir ahí. Traté de contactar con la agencia a través de la cual había conseguido ese apartamento, pero no encontré el respaldo de nadie, así que asumí lo que consideraba un error de novata y busqué como loca gente que pudiera estar interesado en esa casa.
Pese a todas las cosas raras que (ahora veo que) habían pasado esos meses, en aquel momento no pensaba que el casero tuviese culpa de nada, porque además él se encargó de recordarme (de echarme en cara) lo buena persona que había sido dejándome alquilar el piso siendo estudiante a pesar de no tener nómina ni cuenta bancaria en Francia, entre otras cosas. Había asumido que era todo una cagada mía por no fijarme ni informarme bien de las cosas. Después de enseñarle el apartamento a un par de personas sacadas del grupo de Facebook de españoles en París, conseguí a una chica que se quedó con el apartamento, lo cual fue una alegría para ella porque al fin conseguía casa cerca de su trabajo y para mí porque me había librado de pagar varios meses en los que ni siquiera estaría viviendo en el apartamento.
Seguí en contacto con la chica que cogió mi relevo, y seguimos hablando durante prácticamente toda su estancia por unos problemas que había con los recibos de la luz que se me seguían cobrando a mí. Un día me escribió y me dijo que hacía unas semanas había llegado a casa (de mi antiguo apartamento) y que había encontrado la puerta mal cerrada, y pensaba que había sido un descuido por su parte porque iba muy cargada ese día, pero como le pareció extraña la situación, decidió estar pendiente cada vez que salía de casa y cerrar la puerta con llave conscientemente, y uno de los días volvió a casa y se dio cuenta de que la puerta no estaba cerrada con llave (cuando ella estaba segurísima de que la había cerrado bien). Le parecía que no faltaba nada en casa, al menos nada de valor, pero le parecía que alguien había entrado, aunque, al mismo tiempo, lo disparatada que podía parecer la situación seguida por el gaslighting de Benoît cuando se lo contó y le contestó que él no había entrado y que solo ella y él tenían llaves, hizo que pensara que eran cosas de su cabeza y se autoconvenció de que “no tiene sentido que alguien entre y no se lleve o mueva nada” (aunque más adelante, después de otros desencuentros y experiencias extrañas con Benoît, llegó a la conclusión de que no eran imaginaciones suyas y que evidentemente el casero había estado entrando al apartamento mientras ella no estaba, igual que también estuvo entrando mientras yo no estaba).
En mi experiencia, si les entra el gusanillo de vivir en París, ahórrense mudarse a la ciudad del amor y de las luces que es también un poco la ciudad de la estafa y pónganse una peliculita de la Nouvelle Vague.
Por si quieren pasar por ese momento canónico que es mirar apartamentos parisinos, les dejo por aquí algunos enlaces a algunas moradas maravillosas para que curioseen y, lo mejor de todo, ¡sin tener que vivir en ellas!
Un acogedorcísimo apartamento con la ducha entre la cocina y la mesa de escritorio. El inodoro not found:
Au revoir de parte de una exparisina



Qué mala experiencia Cris! Pero está claro que el problema de París y el resto de países son los caseros. Gente que se aprovecha de la necesidad de otros.
Volviendo a las cosas bonitas, sería genial un post sobre aquella gira en Japón <3
París está totalmente overrated. No pienso ir más ni de vacaciones. Y mudarme allí que ni me paguen.