La Providencia
Cuando pienso en todas las cosas que quiero hacer en esta vida pienso en esa frase tan manía que me dicen a veces cuando hablo de las cosas que hago y que me da tanto coraje. La de “quien mucho abarca, poco aprieta”. En realidad, pienso que nunca estas abarcando demasiado si al menos todas esas cosas te gustan, te hacen ilusión y hacen que te despiertes de la cama como un resorte cada mañana con ganas de ponerte a hacer cosas. Cuando me dicen eso, curiosamente, casi siempre gente con la que no tengo confianza y que seguramente tampoco entiende ni conoce muy bien las cosas que hago, la verdad es que no tiendo a darme por aludida. Eso no va conmigo, porque cuando único abarcaría demasiado sería cuando ya me metiese en un lugar que se me antoja oscuro, profundo, frío, lleno de estalagmitas y estalactitas mortales que se me clavan al pasar, y del que, además, ni tengo ni idea ni quiero tenerla. Las matemáticas.
Para mí, el límite está en los números (bueno, y en todo lo que tenga que ver con las ciencias, en general, la verdad). Nunca se me han dado bien. En primaria y la eso tampoco es que destacara mucho en nada que no fuese el inglés. La mayor parte del tiempo estaba demasiado ocupada en las clases viviendo en mi rica vida interior. Pero las matemáticas eran mi peor pesadilla. De pequeña tuve problemas aprendiendo a escribir el número ocho, y mi padre me enseño un truco que era escribir un círculo arriba y otro abajo, pero mi madre me dijo que eso no valía y que tenía que trazar esa forma tan difícil de hacer y llena de curvas imposibles. Pasé miedo cuando nuestro queridísimo profesor Román en el primer ciclo de primaria nos explicó que había una escalera que se podía subir y que no se podía bajar. En un principio me lo tomé demasiado en serio, como todo en esta vida, porque no entendía que estaba enseñándonos a restar. En quinto de primaria, recuerdo haber sacado mi primer 2 en un examen. En una cara saqué un 1 y en la otra, otro 1. Un trauma. Recuerdo haber ido al baño porque pensaba que iba a vomitar. También me costó muchísimo aprenderme la hora digital. Aunque de pequeña siempre me recuerdo llevando reloj, siempre tenía que ser analógico, porque no aprendí a leer la hora digital hasta primero de la ESO, por lo menos. Pero creo que lo conseguí mantener en absoluto secreto sin que nadie sospechara, tan en secreto como que a mis más de 30 años ni me sé las tablas de multiplicar después de la del 5 y ni siquiera me las pienso aprender. No estoy orgullosa, pero tampoco avergonzada y si el espacio libre en mi cerebro que me ha dejado el no aprenderme las tablas sirvió para aprenderme de memoria toda la discografía de Frankie Valli y los Four Seasons y los diálogos enteros palabra por palabra de Cantando bajo la lluvia, pues mejor empleado está.
En primero de la eso llegaron al colegio niñas nuevas y formamos nuestro grupo de amigas hasta hoy. Cuando conocí a mi amiga Natalia Flórez estábamos esperando las notas de un examen de matemáticas y le dije que estaba nerviosa porque soy malísima en matemáticas y que hasta me dolían las tripas y ella me contestó que a ella también se le daban fatal, así que la verdad es que como suele ocurrir cuando compartes miserias, sentí un poco de alivio. Pero entonces llegó mi examen con un 5 y el de ella con un 8 y entendí que no teníamos el mismo concepto de “se me dan mal las matemáticas”. Pero yo estaba contenta con mi cinquillo raspado.
Las matemáticas de la eso fueron especialmente una tortura. En tercero y cuarto estuve en un desdoble al que llamaban el grupo bajo. No lo llamaban así de manera despectiva, sino de manera genérica, aunque no deja de dejar claro que los que estábamos en ese grupo teníamos un nivel de matemáticas…bueno… bajo.
Después de tercero de la eso ya solo quedaba el último empujón, porque después de cuarto sabía que quería meterme en el bachillerato de humanidades con latín y griego y ni rastro de las matemáticas, a pesar de los constantes comentarios de la gente que me decía que las letras no servían para nada, que las ciencias eran más importantes y que además, las carreras de letras eran mucho más fáciles que las de ciencias. Sigo sin entender del todo qué motiva a una persona a decirle eso a otra que claramente quiere dedicarse al mundo de las letras, pero por mi salud mental decido pensar que el problema, esa gente lo tenía más consigo que conmigo y que posiblemente todo viene desde un complejo más de inferioridad que de superioridad. Si estás leyendo esto, eres una persona de ciencias y alguna vez hiciste algún comentario impertinente a una persona de letras, lo siento, pero más lo debes de sentir tú.
En el verano de tercero a cuarto, que fue cuando las cosas se estaban complicando de verdad, mi madre tuvo la maravillosa idea de meterme durante las vacaciones en la academia La Providencia de Vegueta, en Las Palmas, a unos minutos caminando de la casa de mi familia donde pasamos las vacaciones. El primer día, mi madre me acompañó hasta la puerta donde estaba el profesor, pero ya los demás días iba yo sola (a regañadientes, claro). En aquel momento pensaba no volver a dirigirle la palabra a mi madre nunca más, por tener la idea de meterme en esa clase llena de niños (en masculino) de mi edad que no habían aprobado ni el recreo (y que en realidad estaban ahí en las vacaciones como un castigo) y que para colmo se pasaban la clase mirándome porque yo era la única niña y para colmo la única que había aprobado matemáticas.
Cuando el profesor pregunto al empezar la clase quién había suspendido matemáticas en junio levantaron todos los niños la mano. Entonces el profesor se dio cuenta de que era más fácil preguntar quién había aprobado, y solo levanté la mano yo. Guaaaaaaaau dijeron todos y empezaron a aplaudir. Esos aplausos todavía están retumbando en mi cabeza. ¿¿Y cuánto sacaste?? Eso me lo preguntaron unos de detrás, y yo contesté que un 6 y encima van y me gritan ¡¡guau!! ¡¡notaza!! y ni siquiera me lo estaban diciendo de manera irónica. Yo por dentro pensaba ¿¿verdad?? También me dijeron el clásico comentario de “si yo sacara un 6 mi madre me haría una fiesta”. En ese momento sentí algo que no he vuelto a sentir en la vida nunca más gracias a dios: me sentía la persona más lista de la clase.
En esos días solo mantuve una conversación más o menos fluida con un niño. Me dijo que se llamaba Hansel. ¿Como el de Hansel y Gretel? Como el de Hansel y Gretel, me contestó. Todos los días Hansel y sus amigos me acompañaban hasta mi casa en un acto que resultaba entre enternecedor y terrorífico. Como decía, en aquel momento pensaba retirarle la palabra a mi madre y de paso guardársela para siempre, pero ahora me hace hasta gracia. No aprendí nada y no me sirvió de mucho, porque seguí en el grupo bajo de matemáticas en cuarto de la eso (¡aunque solo el primer y segundo trimestre!) pero oye, por lo menos la experiencia estuvo simpática.
En cuarto de la eso las cosas no mejoraron demasiado, ni aunque en la última parte del año me pasaran al grupo alto (¡con la gente lista!). Ni me interesaban lo más mínimo las matemáticas, ni se me estaban dando bien, por mucho esfuerzo que pusiera (aunque un esfuerzo desganado, también admitiré). Además me pasaba las clases pensando en otros intereses y en mis cosas, que no tenían nada que ver con los números. Hubo un momento en el que mi profesora se preocupó tanto por mi rendimiento que me dijo, afirmando que no estaba estudiando. Y yo después de pensar en las horas dedicadas a las matemáticas, no ese año, sino a lo largo de mi infancia, jugando al videojuego de Matemáticas con Pipo, viendo una y otra vez Donald en el país de las matemáticas y haciendo aproximadamente 200 cuadernillos de vacaciones; en clases particulares de matemáticas desde quinto de primaria a las que ya estaba yendo todas las tardes y en las clases en La Providencia en las vacaciones, yo tenía ganas de contestarle aquello en lo que estaba cayendo en ese momento. No es que no estuviera estudiando, es que todo apunta a que soy lo que viene a ser tonta.
Toda esta historia vino porque hoy estaba hablando con una operadora de Iberia por teléfono. Después de explicarle que tenían mis padres unos vuelos que tuve que cambiar y que pagué 90 euros, por lo menos, por el cambio, le dije que necesitaba pedir la factura pero solo de las tasas por cambio de billete, que había pagado el martes. Me preguntó a continuación “¿pero del billete entero?” y le contesté que no, que lo que necesitaba era solo la factura de las tasas pagadas por penalización de cambio de billete. Y entonces me dijo “te refieres a la tarifa de cambio de billete, no a las tasas”. Le respondí “me refiero a las tasas pagadas por penalización por cambio de billete”. Me contesta entonces que “eso no son las tasas, las tasas son las aeroportuarias” y le contesté que “las tasas son las aeroportuarias y también las que se pagan por el cambio de billete”. Y me dijo que es que la palabra “tasas” no significa eso, eso no es correcto y no está bien dicho. Le aclaré que la palabra “tasas” es una palabra polisémica. Y después le tuve que explicar lo que significaba una palabra polisémica porque no había oído nunca esa palabra. A esta pobre mujer con la que mantuve esta conversación de besugos en los 2000 la habrían tenido que meter en el grupo bajo de Lengua. Y después resultó que además empezó a repetirme mis datos de facturación diciendo “código postal, 35600… Providencia Las Palmas”. “Provincia”, le contesté. “Sí, providencia”. A la academia La Providencia la va a mandar a ella la madre también.
En favor de las matemáticas, diré que no las he vuelto a necesitar para nada que no sea hacer operaciones que puedo resolver con la calculadora del móvil o con el chatgpt; aplicar una regla de tres para adaptar las medidas de una receta y resolver sudokus (aunque bueno, para los sudokus no hace falta saber de matemáticas, pero por decir algo).
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Tan taaaaaan identificada...
Me encanta conocer esa parte de Cristina, más allá de lo que una ve, así es como se llega a simpatizar con las personas.
Por cierto, también soy mala con las matemáticas :/