Ser canaria
Tengo la impresión de que cuando hablamos sobre ser canarios, hablamos de nuestra vida en las islas, muchas veces de una manera romántica: ser canario es encontrar la paz en el océano, no tener invierno (bueno, este año cualquiera dice eso), poder ir a todas partes en cholas, conocer a todo el mundo (bueno, esto es un tópico pero al menos en Fuerteventura hasta hace poco sí podías conocer a mucha de la gente), tener sol los 365 días del año y otras cosas que nos enorgullecen. Este es un punto de vista que no juzgo porque, a pesar de las dificultades que podemos encontramos los canarios en determinadas áreas (especialmente los que venimos de islas no capitalinas), proceder de Canarias y vivir en las islas es una auténtica fortuna.
La primera vez que me sentí verdaderamente diferente por ser canaria fue cuando me fui a la universidad. Con diecisiete años, como mucha gente de mi edad, estaba deseando salir de Fuerteventura y vivir cosas nuevas, ir a conciertos todos los fines de semana y todas esas cosas que puedes hacer en ciudades más grandes. Desde los primeros meses en Madrid me sentí muy arropada por el círculo de gente que me rodeaba: estaba mi hermana, mis mejores amigas (que también estaban en Madrid), mis nuevas amigas de la residencia, gente que había conocido con anterioridad gracias a las redes sociales (en el 2011, que parece el Paleolítico, todavía el Facebook era un lugar para la gente joven), y también gente que conocí en conciertos y en la universidad. Este círculo, que en su mayoría estaba formada por gente canaria, hizo que yo no me diera cuenta de lo que en parte (desgraciadamente) parecía que implicaba ser un canario fuera del nido, hasta que un día, en una de las clases en la facultad, socializando con un grupo de chicas, una de ellas soltó varios comentarios que pensaba que estaba haciendo de manera irónica pero que terminaron por ser un reflejo de lo que verdaderamente pensaba, “literal”, como diría la gente joven: «¿Y de dónde vienes?» «¿Fuerteventura?» «¿Canarias?», «Pero eso en realidad no está en España, ¿no?» a los que le terminaron sucediendo patujadas a las que al final me acostumbré a escuchar durante años, como «No sabía que en Canarias había colegios» (y la misma estructura pero cambiando “colegios” por bancos, parques, hospitales, centros de salud, institutos, cines, bibliotecas…), «Y tienes que salir fuera para estudiar una carrera, ¿verdad? allí la gente no debe de estudiar mucho». Me preguntaron si teníamos Snickers, si sabía lo que era el Canal Plus, si había ido alguna vez al teatro y también llegaron reflexiones en voz alta que se deberían de haber quedado en sus cabezas en las que decían (según esas personas, de manera inofensiva) que les parecía injusto que los canarios tuviéramos derecho a entrar en universidades de otras comunidades (peninsulares, claro) porque les quitábamos las plazas a otras personas que se lo merecían más que nosotros porque habían hecho una selectividad mucho más difícil que la nuestra y que la nuestra era más fácil porque nuestro nivel era mucho más bajo académicamente que el de ellos. También me dijeron que hablaba raro, que tenía que dejar de utilizar determinadas palabras que nadie entendía, que no se dice papas, se dice patatas y un largo etcétera.
No solo se creaba un ambiente desagradable y ofensivo hacia mí concretamente (en el caso de estas interacciones), sino que además demostraba ignorancia, poca inteligencia (¡y eso que había hecho la PAU peninsular!), incontinencia verbal, violencia y una incapacidad de comprensión hacia la identidad canaria (¿o hacia cualquier identidad no capitalina?) y hacia lo que significaba que, siendo canaria, estuviera estudiando en una universidad en la península, sin poder volver con mi familia a menos que cogiera un avión y además pasando el proceso de vivir fuera de casa por primera vez.
Recuerdo conversaciones en las que unas compañeras me preguntaron qué iba a hacer cuando llegara a casa ese día después de clase y yo contesté que prepararme la comida, hacer la compra y poner unas lavadoras y ella me contestó con chulería que para ella lo más importante era llegar y sentarse a estudiar porque el examen de historia china era su prioridad, sin darse cuenta de que el examen podía ser su prioridad precisamente porque vivía con su madre que le preparaba la comida y le lavaba (¡y planchaba!) su ropa. A favor de esta compañera diré que mucho tino no debía de tener la pobrecita, porque mientras me decía eso se estaba comiendo una bolsa de palitos de cangrejo en el descanso de clase. Eso debía de ser más raro que el hecho de que yo usara canarismos, pero no iba a ser yo quien se metiera con esa costumbre suya.
En tercero de la carrera tuve un profesor de lengua (no me acuerdo de cómo se llamaba) que cuando vio un vídeo mío cantando con el ukelele me dijo que él le había dado clase a Lourdes Hernández (me dio cosa que me contara eso, no sé qué pretendía). Me parecía un poco pesado, aunque ahora mirándolo mejor, lo que le pasaba es que era un personaje. Un día nos vio a mí y a mi amiga Sara enguirradas del frío en clase y me dijo que me levantara a cerrar la ventana «que tenemos a las canarias congeladas». Cuando fui a levantarme, sin evitar enrollar (a mi parecer de manera sutil pero debe de ser que no tanto) los ojos, dijo en voz alta: «Cristina está pensando: “Ay que ver estos godos qué tontos son”». Me dejó descolocada por varias razones: primero, porque realmente es lo que estaba pensando, aunque con otras palabras más malsonantes, para qué engañarnos; y segundo, porque era la primera vez que escuchaba en boca de alguien ajeno a las islas una palabra que usamos nosotros y que además era un insulto hacia ellos. Nos habían pillado.
Han ido pasando los años y creo que hay una comprensión mayor hacia la identidad canaria, de hecho me hace hasta gracia que parece ser canario está hasta un poco en tendencia, aunque en realidad me parece que es una canariedad más relacionada con la música de moda que con la identidad real (no sé si es por Don Patricio, Loco Playa, Quevedo o todos juntos). Espero que al menos haya disminuido el número de gente que pregunta si tenemos colegios.
Pero yo sigo viendo, escuchando y viviendo situaciones que me parecen violentas (y que sé que no lo dicen de manera personal hacia mí, ¿pero cómo no tomármelo personalmente si están ofendiendo la identidad canaria?), especialmente hacia mi manera de hablar: que por qué no se me ha ido el acento aunque llevo años viviendo fuera, que debería de utilizar palabras neutrales en vez de canarismos, que qué acento más raro tengo, que enseñe a Andreas a hablar español de verdad, que el acento canario es el más feo, que parece que los canarios no sabemos hablar y un largo etcétera. También me veo escuchando a gente decir comentarios desde la supremacía, como que «si los canarios están hartos del turismo que se jodan porque para eso viven de ello». Todo esto, sumado también a la cantidad de gente joven que ya no solo no usa nuestras palabras, sino que además piensa que el seseo no es “fino”, que hablar canario no es “elegante” (me desalo con esos dos adjetivos), que piensa que suena mejor pronunciar cada c y cada z, y que usa el vosotros y su correspondiente conjugación en vez del ustedes (no tengo una fuente académica para sostener este argumento pero métete en instagram o tiktok y lo verás), hacen que me dé cuenta, cada año que pasa, más que nunca, de la importancia de celebrar nuestro día y de reivindicar siempre el uso de nuestras palabras, de nuestras expresiones y de defender nuestra identidad, nuestras costumbres, nuestras tradiciones y de no dejar que se nos menosprecie, ni se nos discrimine, ni se nos violente.
Ojalá llegue también el día en el que a los canarios que hayamos pasado años fuera no nos miren raro ni con con pena (otros canarios) cuando decimos que planeamos volver a las islas, como si hubiéramos perdido una batalla fuera y no nos quedara otra que volver a casa. Poder volver a Canarias debería ser siempre un triunfo, porque muchos de nosotros solo pensamos en ese día desde que nos marchamos.
Para terminar, tengo tres comentarios dirigidos a tres tipos de personas:
Para los que dicen comentarios desagradables, ofensivos y desde la ignorancia y supremacía a los canarios: jínquense un tuno (con picos, no tuno de la tuna universitaria, búscalo en google, mejor).
Para los peninsulares que conozco que no se hayan comportado de esta manera y tampoco se sientan identificados con las situaciones abusivas descritas en este texto y probablemente se sientan escandalizadas: gracias, cuando quieran nos tomamos alguito (había puesto «nos echamos algo», pero pensé que igual lo podrían malinterpretar).
Para los canarios que, por cualquier razón de la vida, no les han enseñado/han olvidado/no les parece guay utilizar palabras nuestras, les recomiendo que se dejen de boberías, que sean felices y que cambien el vosotros por el ustedes y que metan en su vocabulario mis palabras favoritas que son: vainas, tino, calufa, atotorado, totizo, chacho, gaveta, taponazo, chola, magua, afilador, golisnear (y sus variables golisneo, golisnión, golifisquiar), sopladera, guagua, queque, alongarse, enralado, privado (o privada, leído como /privao/ o /privá/), loco playa, tolete, pejiguera, belingo, novelero, babieca, godo, baifo, cambado (pronunciado como /cambao/), roscas, desalarse, boliche, papa, batata, jarujilla, zarcillos, machango, beterrada, maúro y ñoños.
Feliz día de la Canarias. Siempre agradecida a la tierra en la que crecí y en la que creció mi familia y especialmente agradecida a mi islita de Fuerteventura, isla donde nací yo, tierra de gofio y arena y del buen mojo picón, de la que cada vez me cuesta más irme y a la que siempre quiero volver.

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Ay, solo una vez me he encontrado con una totufa que me dijo que “virar” estaba mal dicho, que solo se usaba para barcos y que qué mal hablábamos los canarios. Estaba con Jesús, ja, ja, ja. Me encanta hablar canario y no lo cambiaría por nada. 🤍🩵💛
Jajajaja te juro que estoy dándole vueltas a quién era la compañera que comía palitos de cangrejo en el descanso y el profesor de lengua😂